Hacia
el iris lujoso de intangibles colores
encamino
mi barca por la tersa planicie;
aletean
mis remos... y a mi espalda se alejan
cristalinos hoyuelos en migrante desfile.
Mariposas
danzantes con su vuelo inaudible
tras
de mí se vinieron aplaudiendo mi fuga;
y
adelante mi proa va rasgando, festiva,
la
flotante pradera de violetas que ondulan.
Un
rojizo flamenco, sobre verdes juncales,
equilibra
el embrujo de sus ígneos rubores;
pensativo
en su zanca, solitario estilita,
se
refleja vibrátil diluyendo arreboles.
Al
nivel del remanso golondrinas revuelan
rasguñando
el espejo con sus picos rasantes;
y
unas garzas rosadas, de silencio y de seda,
florecieron
al borde cual silvestres rosales.
Navegando
sin rumbo la inundada campiña,
me
sorprenden las frutas de olvidada cosecha;
mandarinas
descuelgo con sedienta codicia,
y
mis manos exhalan deliciosas esencias.
Abandono
el oasis cuando arrecia el crescendo
de
las ranas que aturden con triunfal gritería;
y
un millón de luciérnagas acribilla las sombras
cual
bengalas que juegan en fantástica orgía.
UNA VUELTA EN CHALUPA
Nuevas brisas fluviales en mi frente aletean
y en mi alma tremolan inefables delirios;
firmamentos azules en el agua serena
y en los tersos remansos el follaje invertido.
Por lucir su blancura, de los juncos que tiemblan
una elástica garza revoló de improviso...
y al remar, cadenciosa, va fingiendo que besa
con sus lánguidas plumas el cristal fugitivo.
Las canoas dormitan a los pies de la ceiba;
y al pasar nuestro bote convidando festivo,
tiende un brazo de surcos a las mustias barquetas
y las deja meciendo de las ondas al ritmo.
Hacia mí se abalanza la planicie que riela...
van mis bordes rasgando tembloroso espejismo;
y en el surco espumante que las aguas barbecha
van sembrando la hélices su estruendos rugido.
Se aproxima otro bote y elevarse quisiera
levantando la proa de fulgente aluminio;
un adiós nos cruzamos, y las mutuas estelas
entrelazan saludos de vibrátil capricho.
Al batir los barrancos nuestra loca marea
se desploman los bordes con mojado bullicio;
y ensanchándose el cauce, socavadas las selvas,
cimbra el cámbulo rojo desgranando su idilio.
Del tolú gigantesco las raíces revientan,
lo abandonan las aves y declina vencido...
acuatiza un estruendo que a los patos ahuyenta,
abren fosa las aguas y sepúltase un siglo.
En venganza el coloso desplegó su marea
y un hirviente oleaje me cernió en el peligro;
surge al fin el madero como banco de arena
y un caimán lo cabalga por visar sus dominios.
Flota un mudo cortejo de humilladas catleyas,
de aleteos implumes sobre huérfanos nidos;
gavilán vocinglero se abalanza y se aleja,
y en las garras le imploran los inválidos píos.
A la luz de los astros nuestra lancha regresa
torturando la noche con su ronco bramido;
y al callar sus fragores, recostada en la arena,
queda oyéndose, a solas, el silencio del río.
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